Tenemos solo un retrato de Marie Poussepin; se conserva en la Casa Madre de las Hermanas Dominicas de la Presentación, en Tours. Su autenticidad está garantizada por una carta del Canónigo Gervais, capellán de la comunidad, al historiador Etienne Cartier con fecha 3 de febrero de 1859: “Acabo de recibir de la digna Madre Saint-Pierre una carta en la cual me dice que el retrato de Mère Poussepin ha sido conservado durante la Revolución, en la familia de una antigua Madre que se llamaba hermana Saint Jean, según cree ella. Los datos le han sido dados por las Madres Constance y Thaïs y también por otras”. Un detalle del retrato permite afirmar que es posterior a 1739. Marie Poussepin posa sus manos sobre dos libros superpuestos, una Biblia y el pequeño volumen de los Reglamentos de Sainville; éstos, se sabe, fueron impresos en Chartres solamente en 1739.

Este retrato es una tela de 78 cms x 64. No está firmada pero su ejecución hace pensar en un discípulo de los célebres pintores Antoine, Louis y Matthieu Le Nain. Al menos se inspira en su estilo simple, donde la emoción y la sensibilidad, introducidas por una delicada luz, aureolan de realismo y de dignidad los rostros del mundo de los sencillos. Tal es el retrato de la Fundadora en los últimos años de su vida. 

Aunque no sea sino un retrato de busto, se trata de un busto corto y de una espalda bastante ancha, lo que corresponde bien con el examen de los huesos del esqueleto realizado en 1926, “mujer de baja estatura, 1.41m”. Sin embargo es una mujer de constitución robusta y resistente. Es de notar también que en una época cuando la longevidad media no pasaba de treinta años, la fundadora vivirá hasta los noventa, a pesar de una existencia ruda de trabajo, de esfuerzo, de frugalidad y de varias enfermedades graves. 

No debe darse demasiada importancia a las manos; es sobre todo en el rostro donde hay que fijarse: es fino, ovalado, de rasgos regulares. La frente es amplia y de buenas proporciones aunque en parte disimulada por la venda. Los ojos, bajo el peso de los parpados, tienen un ligero estrabismo pero conservan una expresión sonriente. La nariz bastante larga, de perfil fino pero acentuado, cae sobre una boca firme, de labios finos y espirituales, con un mentón redondeado en donde se marca la bondad.

El conjunto de este rostro está impregnado de serenidad y de confianza. No tiene severidad ni rigidez, sino una delicada sonrisa que se lee en la mirada jovial. Los hoyuelos, en la parte baja del rostro, lo rejuvenecen y le dan una expresión de tierna benevolencia. No es un retrato idealizado; transcribe fielmente los rasgos reales. Traduce sin embargo una distinción equilibrada y el reflejo de un alma interior, una mezcla de inteligencia, de experiencia de la vida sin ilusiones y de compresión indulgente.

La mirada de los ojos vuelta hacia el interior, más allá del mundo que pasa, pero sin dejar por eso de sonreírle y de amarlo. Es el equilibrio consumado de una personalidad que ha alcanzado su unidad humana y sobrenatural. 


Transcripción Libro “Un Rostro de Dios”, Capítulo: “El retrato físico”

 

Boletín Justicia y Paz, Provincia del Caribe No. 11

 

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MARIE POUSSEPIN “VIO LO QUE ERA RECTO A LOS OJOS DE DIOS Y LO CUMPLIÓ” 

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