Marie Poussepin:  La Intuición Primera 


   

En 1696 Marie Poussepin  “inspirada por la Providencia”, deja Dourdan, población próspera donde había nacido,  para ir a habitar  en la humilde aldea de Sainville,  en el corazón de la Beauce, entonces devastada periódicamente por la guerra, el hambre y las epidemias, y “donde la ignorancia era grande, por no decir más”.         

Allá se propone establecer con algunas jóvenes pobres del lugar, una “Comunidad de la Tercera Orden de Santo Domingo para utilidad de la parroquia, para instruir a la juventud y servir a los pobres enfermos”. La razón de ser de su Comunidad es el servicio de la caridad.

Hace construir una casa donde nuestras primeras hermanas puedan vivir con ella el Evangelio de la manera original que presenta en sus “Reglamentos”.“Su fin es imitar por su conducta... la vida que Nuestro Señor llevó sobre la tierra” especialmente su caridad  “por su Padre y por los hombres”.                

Se consagran “con una fidelidad inviolable a la observancia exacta de las máximas del Evangelio, de los preceptos de la Iglesia y de las promesas del Bautismo". A fin de seguir mejor a Cristo las hermanas abrazan la obediencia, la pobreza, la castidad. 

Esta Regla llena de prudencia, confiada “a toda la comunidad y a cada hermana en particular”, refleja a la vez la gran experiencia de nuestra Fundadora, su fe profunda y su sentido común; todas tendrán el cuidado de guardarla fielmente. y de conservarla en toda su pureza. Marie Poussepin quiere su Comunidad realmente dominicana. Subraya en los Reglamentos: la intensidad de la contemplación en relación directa con el anuncio de la Palabra y el servicio de la caridad; la búsqueda de la Verdad, en la humildad y la sencillez; la importancia de la liturgia y de la vida común según “las prácticas en uso en las comunidades regulares”; la participación activa de las hermanas en la asamblea comunitaria. “Conservad la presencia de Dios en todas vuestras acciones”. Ella invita a las hermanas a orar siempre y a unir a esta continua oración del corazón “el cuidado de hacer todas las cosas por amor de Dios”.           

Su piedad auténtica las pone en guardia contra “las pequeñas devociones... que perjudican la verdadera y sólida devoción, que nos lleva al cumplimiento de los preceptos y de nuestros deberes”.Las hermanas jamás omitirán alimentarse de la Escritura; que no dejen pasar ningún día sin emplear en la lectura el tiempo señalado, a fin de estar “bien penetradas de las verdades” que deben vivir y enseñar.       

Nuestra Fundadora tuvo el deseo, imposible de realizar en su tiempo, de que el Cuerpo de Cristo fuera para sus hermanas el Pan cotidiano, “Vivid de tal manera que no paséis un solo día sin merecer recibirlo”. Cada día las hermanas recitan el Oficio en común:“Que sea una realidad el que su corazón esté de acuerdo con sus palabras”.     

Íntimamente unidas a Cristo, las hermanas viven su ofrenda con la Virgen María y “solemnizan en su honor el día de la Presentación”. Por su intercesión “pueden esperarlo todo”. Han de ser fieles a la recitación diaria del Rosario.

Marie Poussepin “tomó consigo jóvenes del campo, sin asilo y sin recursos”, para “educarlas en el temor de Dios, enseñarles a trabajar para ganarse la vida” y “hacerlas capaces de evitar... los desórdenes a que exponen la miseria y la ignorancia”.  En respuesta a las urgentes necesidades de su tiempo, que supo percibir como llamadas del Señor, establece su obra según dos orientaciones primordiales: “La Comunidad mirará siempre como uno de sus principales deberes la instrucción y la educación de la juventud”; igualmente, las hermanas procuraran a los enfermos “todos los auxilios corporales de que sean capaces”, pero deberán esforzarse sobre todo “en consolarlos espiritualmente” enseñarles las verdades de la Salvación. Desde el principio Marie Poussepin pone su obra al servicio de la Iglesia. Quiere que se perpetúe y se extienda, “a fin de que las hermanas lleven adonde quiera que sean llamadas el conocimiento de Jesucristo y de sus misterios”.                                                                                                                              

Las hermanas enviadas a una misión deben estar seriamente formadas. Nuestra Fundadora insiste en este punto y en la actitud misionera  de sencillez y de olvido de sí para responder,  con toda justicia y caridad a las llamadas de las “parroquias”.                                                                             

Su caridad no excluye a nadie, pero los pobres tienen su preferencia y su solicitud:“No tengáis menos amor por los pobres que por los ricos”, amad ante todo a aquellos “que tengan mayor necesidad”. “El espíritu de pobreza y el amor al trabajo son las últimas recomendaciones de Marie Poussepin: “que jamás la Comunidad degenere en este punto”.                                                                                           

Nuestras primeras hermanas llevan una vida pobre y laboriosa,“sin distinguirse de las personas del mundo más que por su piedad y por su modestia en el vestir”. Su pobreza se traduce en una gran sencillez, que desde el origen, caracteriza la Comunidad. Tejen medias, lo que les permite vivir “sencilla y frugalmente, sin ser carga para nadie”,  y asistir a los pobres gratuitamente,“buscando sólo la gloria de Dios y el bien del prójimo”.                                                                                                      

Para su Comunidad, “obra de la Providencia”, Marie Poussepin lo da todo.Está segura de que “sus hijas no carecerán en absoluto de lo necesario,si son fieles a sus Reglas y asiduas al trabajo”.   Todo lo espera de Dios, pero también pone su confianza en aquellas que respondiendo al llamamiento del Señor la seguirán en la fe.

 

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