El ambiente de la Navidad es uno de los períodos del año que más disfrutamos y más deseamos. Tal vez si nos dieran a elegir un estado permanente en nuestra vida escogeríamos la Navidad. No sólo por los regalos, fiestas, música, invitaciones, la variedad de comidas, el árbol y sus luces multicolores y el pesebre, sino porque en el fondo resuenan palabras de amor, esperanza, alegría y perdón que nos gustaría escuchar más a menudo.

En la Navidad nuestros ojos contemplan la imagen de un niño que como todo recién nacido, cautiva por su sencillez, por su hermosura, por su debilidad. Experimentamos la necesidad de prestarle nuestra ayuda y nuestra atención. Esto es lo que admiran nuestros ojos físicos: un niño que llora, duerme y sonríe. Pero nuestros ojos espirituales vislumbran por la fe al Verbo hecho carne por amor a la humanidad.

Está de nuestra parte, por tanto, que nosotros aceptemos esa luz que viene a iluminar nuestro corazón, que viene a traernos la alegría, la esperanza, la sabiduría, el consejo, la fortaleza y el amor. Así se nos presenta en Navidad el Verbo encarnado, como un destello de esperanza y de amor. Sólo necesitamos dejar que la luz de la cueva de Belén penetre en nuestro entendimiento y sobre todo en nuestro corazón.

Abrir el corazón y la mente para que el Verbo habite en nuestros corazones de cristianos “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1,14) y sintamos que la vida tiene

sentido cuando el ser humano centra su vida en el Señor, quien tiene la respuesta fundamental a la problemática de todos los tiempos.

La Navidad nos permite recordar el motivo profundo de nuestra alegría: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La Navidad es el cumplimiento del sueño de Dios Padre: convivir con el hombre. Ya desde el Paraíso, cuando el Señor visitaba a nuestros primeros padres al caer de la tarde, así como en la tienda de reunión durante la travesía del desierto. Y luego en el Templo de Jerusalén, lugar privilegiado de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Siempre es el mismo intento: habitar entre los hombres. Y ahora ello llega a su plenitud: Dios planta su tienda en la historia. Es Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.

¡Alegrémonos, porque es Navidad! y con la Navidad renace la fe que disipa toda tiniebla del corazón y de la mente! ¡Contagiemos el espíritu de la Navidad!

El tiempo litúrgico del Adviento y de la Navidad nos pone de cara a nuestra autoevaluación sobre la forma como vivimos y afrontamos los devenires de la vida a la luz de la Palabra de Dios: ¿Vivo los siete días de la semana, las cuatro semanas del mes y los doce meses del año el espíritu de la Navidad: alegría, paz, fortaleza, liberación, justicia, filiación divina?

¿Qué le pediré al Niño Dios que nace en Belén? ¿Y qué le ofreceré yo a cambio?

Divino Niño Jesús, ante un año que termina, te suplicamos humildemente nos conceda vivir junto a Ti el nuevo año, que está por comenzar para que sea la oportunidad de mejorar nuestro servicio y entrega a los demás, porque como Congregación estamos “Enviadas a trascender fronteras para revitalizar la vida y la misión”.55° Capítulo General.

 

H. Luz Marina Socha Gómez

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