Un raudal de gracia se aproxima a la vida de la Provincia y la Congregación, al unirnos al júbilo del pueblo cristiano que celebra Pentecostés, impulso para trascender las fronteras y llevar el anuncio de Cristo hasta el confín de la Tierra, que se convierte en el lente propicio para leer la historia personal y congregacional en estos tiempos de retiro anual y preparación para el 55° Capítulo General.

Estamos percibiendo el llamado de Dios a nuestra puerta para cenar juntos y hablar de cuanto ocupa nuestro corazón, tantas veces distraído y embotado por las preocupaciones sobre el futuro, el frenesí de la actividad, el afán por la efectividad pastoral, el desánimo o quizás, la inercia que mantiene la vida en una constante repetición de rutas conocidas, confortables, predecibles, seguras, pero poco proféticas. Por ello, no podemos escondernos o ignorar el llamado, urge abrir la puerta a Jesús para que nos revista de la fuerza que viene de lo alto y parta para nosotras el pan que tenemos en la mesa, tal cual está, para hacer brotar de nuevo la vida. Por ello, la experiencia del retiro anual y la celebración

del 55º Capítulo General se convierten en nuevos cenáculos para hacer efectiva la fuerza del Espíritu, siendo testigos del Pentecostés en expansión permanente.

Es preciso recordar que la fiesta de Pentecostés no es una celebración originalmente cristiana, ya que hace parte de la herencia espiritual legada por el pueblo judío que la celebraba con el nombre de Savu’ot o fiesta de las semanas, que tenía lugar 50 días después de la Pascua y, festejaba el don de la Ley o la Torá en el monte Sinaí. Esta fiesta se instituyó para agradecer a Dios el don de la Escritura como norma, luz y sabiduría para crecer en todos los aspectos acorde a la voluntad de Dios. Jesús, como judío que era, la celebró muchas veces y según los expertos, el encuentro nocturno que sostuvo con Nicodemo (Jn 3), al parecer ocurrió en esta fiesta. ¿Por qué? Según las investigaciones sobre judaísmo, en Pentecostés se pasaba la noche entera leyendo la Torá y se tenían encuentros entre rabinos que se hacían preguntas unos a otros, con base en planteamientos de la Escritura.

Los discípulos y allegados de cada maestro, escuchaban con atención tales discusiones con el fin de aprender y así, agradecer a Dios el don de su Palabra y enamorarse más de ella. Probablemente, Nicodemo acudió a la escuela del rabino Jesús en una noche de Pentecostés para buscar respuestas. Ahora bien, sin perder de vista esta escena, es preciso observar con atención el cuadro que presenta Hch 2, 1-13, el cual indica que “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), y como era propio de la cultura judía, se encontraban estudiando la Palabra juntos.

Allí estaban hombres y mujeres, formando una nueva manera de vivir al Dios de Israel en la persona de Jesús, quizás con temores y grandes debilidades, pero seguros de que en la escucha de la Palabra encontrarían las respuestas que necesitaban. Dios contestó enviando al Espíritu que abrió camino para hablar nuevos lenguajes, para atravesar las fronteras y hacer que la creación entera recibiera el anuncio de Cristo. Por lo anterior, estar en retiro anual y celebrar un Capítulo General, implica expandir la experiencia de Pentecostés en el mundo contemporáneo y sentirse en fiesta para agradecer el don de la Palabra, la cosecha alcanzada y el Espíritu recibido.

El corazón de cada hermana hoy es un nuevo Sinaí, la nueva Jerusalén, es Nicodemo, María, Pedro, que se aprestan para pasar la noche entera de sus incertidumbres, sueños, preguntas, dolores, y grandes anhelos, estudiando la Palabra y conversando con Jesús, para recibir de Dios la fuerza que viene de lo alto que otorga valentía, audacia, verdad, fraternidad, mutuo reconocimiento, perdón, capacidad de cambio. Se trata de dejarse confrontar y traspasar por la Palabra y recibir el impulso del Espíritu Santo que indica a cada hermana y a la

congregación entera, cómo nacer de nuevo para hablar sobre espiritualidad, medio ambiente, justicia social, no- violencia, desarrollo sostenible, jóvenes, fraternidad, economías emergentes y todo lo que la caridad y la realidad les inspire, pues se trata de permitirnos soñar con la altura de Cristo, valorando nuestra vocación y llamado a ser faros de la humanidad.

Por ello, el objetivo del retiro anual y del 55° Capítulo General no es otro que el de vivir un Pentecostés en expansión desde nuestra condición de mujeres consagradas, mujeres de la Palabra que saben buscar respuestas en ella y en el diálogo amoroso con Cristo a través de lo cotidiano de la vida. No podemos permitirnos vivir a medias, de un modo inferior para aquello que fuimos pensadas desde la eternidad pues, vivir en Pentecostés implica vivir desde la plenitud del ser, en comunión con la Trinidad. Debemos asumir el riesgo que implica la vigilia nocturna con la Palabra, para rescatar nuestra esencia y poder ser fermento del Reino de Dios. Como diría Santa Catalina de Siena “Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”.

H. Juliana Alejandra Triana Palomino

 

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