“El establo y la cruz fueron como la cátedra desde donde el Divino Maestro nos instruyó en la ciencia de la humildad y sobre la práctica de esta excelente virtud está fundada toda su doctrina. “R.III

 

El Misterio de la Encarnación de Jesucristo, es el inicio de la Redención. Juan 1,14 nos dice que Jesús, la Palabra, se “hizo carne y habitó entre nosotros”. El N.T nos describe su genealogía para demostrar que era de la familia y linaje de David; registra su nacimiento, su vida y su muerte, le llama el Hijo del hombre: el Hombre Cristo Jesús.

Jesús es divino (Jn1,1); (Col 1,16), pero también asumió un cuerpo humano para identificarse con la humanidad. Así nació de una mujer (Mt 1) (Lucas 2); comía, (Mt 4,2); dormía (Lc 8,23); experimentó la tentación (Mc 1,12-13) como los demás seres humanos; fue libre para expresar sus emociones, alegría (Jn15, 11); la ira (Mc 3,5) y el pesar (Mt 26,37). En términos de su plan divino Jesús también se hizo humano, para morir por nosotros, como sacrificio agradable al Padre (Hebr 9,22) y para resucitar. “Porque habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo. Él cual, subsistiendo en la forma de Dios, no consideró celosamente como presa ser igual a Dios. Sino que se anonadó a sí mismo tomando forma de esclavo, hecho semejante a los hombres, y reducido a la condición de hombre. Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Flp 2, 8-9)

De hecho, nuestra salvación depende totalmente de la venida de Jesús a este mundo (Rm 5,8): “Pero lo que hace brillar más la caridad de Dios hacia nosotros es que, cuando éramos aún pecadores, al tiempo señalado murió Cristo por nosotros”.

A diferencia de cualquier otro ser humano Jesús vivió sin cometer pecado (Hbr 4,15), resistió la tentación (Mt4,1-11) y se nos reveló en toda su divinidad y en toda su humanidad. La resurrección de Jesús también es única. En su vida terrena el levantó a muertos, pero Jesucristo volvió a la vida por su propio poder. Su resurrección es posible porque como humano murió. Y fue tan importante su resurrección, que sus seguidores se sintieron profundamente motivados a compartir su experiencia.

A lo largo de los siglos todos hemos experimentado que Dios nos ama tanto que vino a la tierra en forma humana para nuestro beneficio, para darnos la posibilidad de la salvación y ofrecernos la vida eterna en plenitud junto a él (Jn 3,16). En la Encarnación, Dios entró en la historia de la humanidad, entró en el tiempo creado y entró en la creación misma, para restaurarla y elevarla a un poder más alto que antes de la caída.

Por la Encarnación de Jesús, conocemos cómo es Dios Padre, descubrimos el inmenso amor que Él nos tiene, su misericordia, su ternura, su perdón…; pero lo más importante es que en su Hijo, Dios conoce nuestras necesidades de creaturas, las situaciones históricas de todos los tiempos, los problemas, pero Jesucristo y con Él, el Padre nos va mostrando los caminos correctos para responderle a su plan de Amor.

La Encarnación de Jesús nos compromete en este tiempo tan complejo de nuestra historia a volver la mirada a Jesús de Nazaret, quien vino a este mundo para implicarse en la salvación de todos y a hacerle frente a las situaciones históricas injustas, con justicia y sentimientos de servicio, de humildad, pequeñez…, para que en ella Dios muestre su poder y haga las cosas nuevas según su voluntad.

No podemos quedarnos como espectadores de todo cuanto acontece en nuestra Congregación, en nuestra Patria y en el mundo entero. Es urgente que como Jesús nos impliquemos y asumamos el acontecer histórico, desde el Evangelio. Debemos hacernos responsables de nuestro planeta, de la vida en todas sus manifestaciones, de las injusticias que viven muchos de nuestros hermanos, de la paz, primero que todo y a ejemplo de Jesús, ser conscientes de nuestra frágil condición humana, de la lentitud de los procesos de cambio, pero de la eficacia de obrar desde la bondad, el servicio y la humildad del pesebre se Belén para que poco a poco se vaya haciendo posible la justicia y la paz en el mundo.

Marie Poussepin nos muestra el camino: Contemplar a Jesucristo en el establo y la cruz.

 H. Ana de Dios Berdugo Ce

 

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