Que la bendición de Dios Padre sea en cada una de las mujeres del mundo entero.

Dios bendiga a todas y cada una de las mujeres del mundo ¡Feliz día Internacional de la mujer!

La cuaresma es un tiempo largo de preparación para el misterio pascual, que es el centro de nuestra fe.
Este tiempo nos hace una invitación expresa a detenernos y contemplar de una forma nueva, con la mirada del Padre, lo que nos rodea, a los que amamos, el mundo, aquellos con los que vamos haciendo camino y a nosotros mismos.
Dios no espera de nosotros un pliego de peticiones ni un relato infinito cargado de yo y más yo. Dios ya sabe quiénes somos y lo que necesitamos.
Una vez iba caminando con mi sobrina (tendría seis años) y vimos un señor bastante ebrio que tropezó y se cayó. La niña fue espontáneamente a ayudarle y le acompañamos hasta el portal de su casa. Otra señora comentaba lo vicioso que era ese hombre. Y mi sobrina me miró seria y me dijo: “¿A que hicimos bien? Porque le ayudamos”.
San Mateo nos regala uno de los pasajes evangélicos más hermosos. Podríamos estar horas hablando y meditando. Dentro de su aparente sencillez se encierra una profundidad que nos llama a la reflexión.
Una de las características de la Orden de Predicadores es la misericordia. Santo Domingo de Guzmán la practicó desde muy joven, en sus tiempos de estudiante en Palencia cuando se desprendió de su bien más preciado (los libros) para dar de comer a quienes pasaban hambre. Y lo hizo por amor a Dios y al prójimo.
Vivimos en un mundo que va muy deprisa, siempre andamos atentos a nuestros quehaceres, a las últimas noticias, a lo que está o no de moda y parece que no tuviéramos tiempo para los demás, los que de verdad nos necesitan ¿No será porque no tenemos en el centro de nuestra vida a Dios?
En este viernes de Ceniza “Ayuno” es la palabra central de la liturgia de hoy. El ayuno es uno de los medios especiales, junto con la oración y la ofrenda, que nos pueden ayudar a la conversión del corazón en esta Cuaresma que acabamos de comenzar.
En el Evangelio de hoy nos encontramos con dos actitudes frente al ayuno. Por una parte, están los discípulos de Juan Bautista, que a pesar de que su maestro llamó raza de víboras a los fariseos, se unen a ellos para preguntar a Jesús, con cierto tono de acusación, por qué sus discípulos no ayunan.
Este adherirse a las normas les impide reconocer la llegada del Mesías, y por tanto, de ver que ya está instaurado el Reino de Dios. Jesús se lo explica con la imagen de una boda, Él mismo se revela como el Esposo.
Nuestra vida cristiana debe estar teñida de alegría, como lo estaba la de los discípulos de Jesús, porque estamos con el Novio, el único que nos saca de nuestras esclavitudes, el que nos trae una Paz verdadera.
Ayer iniciamos el camino cuaresmal, que nos conduce a la Pascua. Es camino con horizonte, no caminamos a ciegas, sin saber a dónde vamos. Pero el camino hay que recorrerlo.
La muerte de lo que nos rebaja en nuestra condición humana, exaltada por ser condición del mismo Dios en Jesús de Nazaret. Hay que morir a buscar el aplauso, la aceptación universal, incluso de quienes desde la autoridad pretenden juzgarnos. Hemos de morir a tantas apetencias egoístas de corto recorrido, que se quedan en uno mismo, y nos hace indiferente al otro: vivir solo para uno.
El avaro pierde su vida por no gastar dinero en conservarla. Nosotros nos damos vida, cuando miramos fuera de nosotros, a otras vidas y ayudamos a que vivan. Superando la oposición de los jueces que interpretan la corrección social e individual como la autoafirmación sobre el otro.

Con la imposición de la ceniza se nos recuerda que somos pasajeros en este mundo, nos recuerda que nuestra vida eterna está es en Cristo, también nos recuerda que Dios es el gran creador celestial, y que, así como, con un solo soplo nos creó, así también nuestro cuerpo físico con nuestro paso por el mundo quedará en cenizas, pero también nos alienta a tener presente que Dios también da el soplo de vida para quienes han caído en pecado y en la muerte.

El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. A las puertas de la cuaresma, el profeta Joel, en la primera lectura, nos recuerda nuestra condición de pecadores. Pero, al mismo tiempo, nos da una gran alegría. Nos presenta a un Dios continuamente perdonador, que siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas.
Nuestro Dios no se conformó con hablarnos del pecado y de su perdón a través de sus profetas en el Antiguo Testamento, llegada la plenitud de los tiempos, nos envió a su propio hijo Jesús a reparar nuestros pecados. Vino con la mano levantada para ofrecernos siempre, hasta setenta veces siete, su perdón movido por el gran amor que nos tiene.

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