Mateo abre un camino genealógico de Jesús partiendo de la experiencia del resucitado en su comunidad: “libro del origen de Jesucristo”. Los antepasados de Jesús (algunos de ellos no son probables históricamente), nos descubren algo infinitamente extraordinario: son hombres y mujeres con historias en ocasiones gloriosas. El texto marca paulatinamente la historia de amor de Dios con su pueblo, de ahí que comienza indicando un origen personal, el de Jesucristo, y acaba el relato con una mención específica y muy singular.

Tras la respuesta que da a los enviados de Juan, más con sus obras que con sus palabras, Jesús hace un elogio incondicional del Bautista. El bautismo en el Jordán, en el que ha culminado la misión de Juan respecto de Jesús, ha sido el escenario de la primera revelación pública de su identidad con relación a Dios.
A partir de ahí Jesús inicia su propia misión de predicador del evangelio del reino, que ha comenzado a hacerse presente con él. Nos vamos acercando a la Navidad: ¿sabremos descubrir al Precursor del Mesías en la figura de Juan? ¿Y sabremos reconocer a Jesús como el enviado de Dios?
Juan el Bautista predicaba un mensaje donde predominaba el pecado y la lucha contra el pecado, con la predicación de “un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados”, estaba un poco despistado con la figura de Jesús.
Uno de nuestros contantes peligros es hacer a Dios y a Jesús a nuestro gusto. Conocemos el remedio para no caer en esta tentación: ir directamente a Jesús, acudir a sus palabras, a sus acciones, a sus reacciones.
El contexto del Evangelio de hoy es claro, el rechazo de los dirigentes judíos hacia Jesús. La pregunta introductoria se dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos, que habían venido a interrogarle sobre su autoridad.
Jesús no pierde la paz. Con paciencia incansable sigue llamándolos a la conversión. Jesús pone delante de ellos dos actitudes; lo hace con dos cuadros diferentes, los detalles que Jesús expresa enriquecen la lectura. Hoy, una vez más, el Señor nos invita a entrar en la voluntad del Padre, a convertirnos, a ser coherentes y testimoniar ante el mundo con nuestra vida.
El Evangelio de hoy nos hace un recuerdo de lo que es cuestionar a Cristo, pues esto tiene sus consecuencias. A primera vista la actitud de los sacerdotes y los ancianos nos puede parecer infantil, es como si dijeran "vamos a poner a éste en un apuro y el pueblo estará con nosotros".
Jesús se encontraba hablando con la gente, predicando la Buena Nueva, enseñando en el Amor, y de repente se acercan los sacerdotes y los ancianos con intenciones oscuras porque lo que aquel hombre de Nazaret dice les resulta molesto, les rompe los esquemas.
No sabemos de dónde viene el bautismo que Juan realizaba ¿Vosotros sabios, doctores de la ley, no lo sabéis? Pues yo no os lo voy a decir. Cristo les pone en su lugar y deja al descubierto sus malas intenciones.
Hoy el Evangelio nos muestra el camino del Adviento la figura de Juan Bautista es de suma importancia el cual está enmarcado dentro del Evangelio de Mateo en la sección narrativa que comienza con el testimonio que Jesús mismo da sobre Juan.
El Evangelio de hoy pretende sacudir un poco nuestras conciencias adormiladas, sumergidas en el consumismo y la comodidad en la que vivimos, Jesús es la Sabiduría que nos ha mostrado el camino, la luz que nos ha dado inteligencia para saber discernir, la vida que nos alimenta y nos da vida eterna.
En el Evangelio de hoy nos encontramos con la figura sorprendente de Juan el Bautista, muchos se han preguntado sobre él y su profético modo de proceder. ¿Será este el Mesias? El mismo Juan responderá, cuando sea preguntado sobre sí mismo y su misión: Yo no soy el que pensáis.
Jesús establece también una diferencia entre Juan el Bautista y el menor en el Reino de los Cielos al hacer esa afirmación: ”aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
Termina el pasaje del evangelio indicado Jesús que se ha cumplido también la promesa de venir Elías a preparar la llegada del Mesías. Eso ha ocurrido en la persona de Juan, que realiza, con el mismo espíritu profético de Elías, lo que de él se esperaba: irás delante del Señor a preparar sus caminos. “Con tal que queráis admitirlo”.

Renueva en nosotros el deseo de ser santos:
que en nuestras palabras resplandezca la verdad,
que nuestras obras sean un canto a la caridad,
que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad,
que en nuestra vida se refleje el esplendor del Evangelio.

Eres toda belleza, María.
En Ti se hizo carne la Palabra de Dios.

Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor:
que no seamos sordos al grito de los pobres,
que el sufrimiento de los enfermos y de los oprimidos no nos encuentre distraídos,
que la soledad de los ancianos y la indefensión de los niños no nos dejen indiferentes,
que amemos y respetemos siempre la vida humana.

Eres toda belleza, María.
En Ti vemos la alegría completa de la vida dichosa con Dios.

Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo:
que la luz de la fe ilumine nuestra vida,
que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos,
que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón,
que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría.

Eres toda belleza, María.
Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica:
que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca,
que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero.

Amén.

- Oración por el Papa Francisco

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