Jesús acaba de expulsar a un demonio. Ante este hecho hay tres reacciones: la de corazón limpio; que reconoce la acción de Dios por medio de Jesús y “se quedó admirada; a los que no les convencen del todo: quieren “una señal apocalíptica.
Este relato recoge el momento más duro de la polémica de Jesús con la autoridad religiosa de su pueblo. El afán de desprestigiar a Jesús les lleva al extremo de acusarle de expulsar los malos espíritus por pura magia.
Jesús rebate con toda lógica: “¿Satanás va a combatir contra Satanás? Yo echo los demonios con el dedo de Dios. El que no está conmigo, está contra mí”.
En el evangelio de hoy, Mateo se reúnen algunas instrucciones sobre el modo de actuar en la comunidad de los que siguen a Jesús. El cuadro que dibuja Mateo sitúa a Jesús rodeado de los discípulos.
Jesús, antes de responder, coge a un niño pequeño y lo coloca en medio de ellos. El niño, en aquella época y cultura, representaba el último escalafón de la sociedad.
De modo que si alguno de nosotros anda perdido, la comunidad debería hacer cuanto está en su mano para “encontrarlo”, para recibirlo, acogerlo, integrarlo.
Jesús se empeña en hacer lo difícil primero: ante aquel auditorio, lleno de fariseos y doctores de la ley, comienza por anunciar al paralítico que sus pecados quedan perdonados.
Jesús está realizando lo que ha venido a hacer: Acercar al Dios lejano y terrible de fariseos, doctores y, seguramente muchos de los asistentes, y puede que de nosotros mismos, hasta hacerle amable, amoroso y extraordinariamente compasivo.
Aquella gente que se reunió en torno a Jesús, porque vagaba desorientada y solitaria; buscaba un guía que le congregara. Esa muchedumbre corresponde a muchos de los cristianos de hoy en día.
Jesús libera y convierte en hombres nuevos a sus discípulos para que, a su vez, sean liberadores, continuadores del anuncio de la Buena Noticia y de la obra liberadora de toda opresión.
¿A quiénes evangelizar? A todos, comenzando por los más cercanos, porque nos debemos más a ellos.
Al paso de Jesús, dos ciegos reaccionan, le siguen, dan gritos pidiendo misericordia. Hay que moverse para seguir a Jesús y encontrar salvación en él. Los dos ciegos entran en la casa tras Jesús y se acercan a él. Jesús les pregunta sobre su fe que es confianza en el poder salvador de Jesús.
Jesús no puede negarse cuando alguien apela a su misericordia, pero siempre exige como condición la fe. Nosotros tenemos necesidad de que Jesús cure nuestras cegueras, nuestras oscuridades, nos dé una nueva forma de mirar, e ilumine nuestra vida.
Estamos celebrando la primera semana de adviento en 2021 y el evangelio de hoy. Jesús “bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él”. Pero pronto se vio rodeado de mucha gente que le traían toda clase de enfermos.
Esta gente estaba muy contenta con Jesús pues llevaba ya tres días con él y no tenían qué comer. Jesús no quiere despedirles por temor a “que se desmayen en el camino”.
De alguna manera, también nosotros, seguidores de Jesús, debemos imitarle. Debemos predicar su buena noticia, la que alegra nuestra vida.
El Evangelio de hoy, en correspondencia con la festividad que celebramos, nos narra la vocación de los cuatro primeros discípulos de Jesús, entre los cuales se encuentra Andrés.
El oficio de Andrés como el de su hermano, Simón llamado Pedro, era el de pescador. La propuesta de Jesús no deja de ser sorprendente: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”.
Que San Andrés nos ayude a caminar ligeros de equipaje, a hacer de nuestra vida una constante búsqueda de quién es Jesús.
Comienza el Adviento, un tiempo de preparación para recibir y acoger la presencia de Dios hecho hombre en medio de nosotros. El Dios cercano que habita y comparte su vida con los hombres.
La ley y la palabra del Señor se cumplirán al final de los días, pero hoy también nos pide nuestro Dios el mismo compromiso y la misma disposición. Lo que Jesús nos pide insistentemente es tener fe. En numerosos pasajes de los evangelios vemos esa reclamación: Hombres de poca fe. Y en el evangelio de hoy, Mateo nos narra la fe del centurión en el encuentro con Jesús.

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