La parábola de hoy va dirigida a “los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo”, personas que de manera clara le rechazaban. Queda claro que Jesús invita al banquete de su amistad a todos, al banquete de su luz, al banquete de sus indicaciones, al banquete de sus promesas, al banquete de una vida de total felicidad después de nuestra muerte y resurrección.
Jesús, también a todas las personas del siglo XXI, nos invita al banquete de su buena noticia, al banquete de las relaciones amorosas con nuestro Dios y con nuestros hermanos.

 

Jesús invita a sus discípulos seguir tres pasos El primero es practicar la corrección de forma personal. 1.“Si tu hermano peca, repréndelo a solas”, 2. “Si no te hace caso llama a otro o a otros dos”, 3. i, pese a todo esto, las cosas no varían, “díselo a la comunidad”.
 
Entonces el mensaje más relevante es evitar a toda costa la división de la comunidad, porque la unidad es un factor fundamental en la vida cristiana, porque nuestra fe se manifiesta ante Dios como personas individuales y en comunidad. cuando la comunidad se reúne para vivir juntos la fe, Él se hace presente de forma especial en ella.
Muchas veces no entendemos lo que Dios hace con nosotros, no terminamos de entender que las manos de Dios no son como las nuestras y tenemos miedo. Carecemos de fe para recordar que Jesús está con nosotros siempre, en todo momento y en todo lugar, Él no está ausente, solo está observando, respetando la libertad del hombre para acertar o equivocarse.
En ocasiones imaginamos a Jesús luchando contra viento y marea por nosotros, y cuando todo aquello que pedimos no llega, entramos en frustración, empezamos a dudar de nuestra fe.
Pero lo que en realidad sucede es que Jesús nos deja elegir nuestro propio destino, porque nos permite tener un libre albedrío, ser autónomos en nuestras decisiones, Jesús simplemente es un espectador que nos protege con su infinito amor, pero que nos deja caminar sin ataduras.
La invitación es que confiemos sin temor en Jesús, porque solo nuestra fe es la que nos sostiene en todo momento en toda situación.
El santo Evangelio de hoy nos enseña que, Dios necesita saber cuál es nuestro movimiento ante su llamada al desierto, ante su deseo de amarnos. Nos presenta a un grupo de mujeres, cada una con su lámpara.
La luz es personal y no es traspasable, cada una tiene la luz que tiene y necesita cuidarla. Nadie puede cuidarla por ti, es tu luz. Esto nos permite hacernos una pregunta ¿Qué haces con tu luz?
Es de comprender que el camino de encuentro con Dios es personal e intransferible, nadie puede andarlo por mí. Podemos compartir la experiencia, pero no podemos hacer que otra persona camine hacia mi encuentro con Él.
La decisión de Jesús de bajar del monte de la transfiguración y seguir caminando hacia Jerusalén, lugar de la Pasión, es la decisión irrevocable de transformar el mundo, la religión y la vida.
Dios le ha revelado su futuro, la meta, la victoria de la vida sobre la muerte. Y ahí está su confianza para seguir su camino y hacer que le acompañen sus discípulos. Jesús nos invita a su intimidad, a la participación de su vida con Dios. Nos enseña la gloria, se pone en la línea de Abrahán, padre de nuestra fe, y el Profeta Elías.
Jesús dirige a su apóstoles su pregunta más personal: “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo? es la dificultad de los apóstoles, en este caso simbolizado en las dos actuaciones de Pedro.
Pero cuando el mismo Jesús les habla de cómo serán sus últimos días en la tierra y cómo será su muerte, antes de su resurrección, Pedro pide a Dios que eso no suceda.

 

El mensaje que nos deja este hermoso texto de hoy es más sencillo de comprender de lo esperado, pues cuantas veces nosotros decimos ser capaces de recibir a Jesús en nuestras vidas pero en realidad en algunos momentos de nuestras vidas simplemente rechazamos sus presencia con palabras o acciones
Jesús se expresa con unos términos que casi nos escandalizan. “No se echa el pan a los perros”. El amor por su hija aviva la inteligencia de la mujer, y sabe responder ante las duras palabras de Jesús: “tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”, Jesús admira y exalta esa fe, le lleva a curar a la hija de la cananea. No lo hace, como querían los discípulos, para que dejara de gritar.
Esto es un claro mensaje sobre cómo la fe no solo puede salvarnos de cualquier situación sino también para ver como la fe nos acerca cada día más a vivir una vida llena de paz, armonía, amor y abundancia en Dios.🌟
A veces no entendemos lo que Dios hace con nosotros, no terminamos de entender que las manos de Dios no son como las nuestras y tenemos miedo, asustados gritamos como hicieron en aquella ocasión “¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”. Parece como si Cristo se hubiera ido de nuestro lado.
Nos falta fe para recordar que Jesús está con nosotros hasta la consumación de los siglos, que no está dormido, sino que está vigilante, respetando la libertad del hombre para acertar o equivocarse.

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