La noticia de la muerte de Juan Bautista provoca en Jesús una retirada junto a sus discípulos. El texto señala que, al bajar de la barca, Jesús y sus discípulos se encuentran esperándolos a la orilla del lago una gran multitud de gente que le busca.
Dos cosas aparentemente bien sencillas, pero profundas y decisivas. Primera, que alguien ofreció lo que llevaba, que no era casi nada, y segunda, que lo pusiera en manos de Jesús. ¿Cómo fue posible? Si era una insignificancia lo que había. Es verdad que la desproporción es abismal entre los medios materiales y los efectos que se logran
Jesús reacciona bien. Sabe que ningún profeta es bien recibido en su tierra. No es ninguna novedad para él. Esa línea fina entre la fe y la incredulidad, muchos la traspasan.
Así es como el mensaje que nos deja este bello Evangelio es claro, la fe en nuestro Señor Jesucristo nos permitirá recibir los verdaderos milagros de la vida, nos permitirá llevar una vida en sus enseñanzas, porque muchas veces rogamos, imploramos milagros o favores y pasa el tiempo no sucede nada de lo esperado, entonces lo más común es culpar a nuestro Señor cuestionándolo el por qué no nos ha favorecido con lo pedido, pero nos falta revisar algo muy importante, nuestra fe ¿en qué estado se encuentra? Si es poca, no tendremos respuesta de nuestro Señor.
El Evangelio que nos hoy nos trae San Juan, nos deja un bello mensaje y es que, no precisamente es de esperar a morir para creer en Dios y en las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, si bien, en vida a veces también estamos “muertos” y es ahí cuando Jesús nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

 

De manera que, aún en esos momentos en los que nos sentimos muertos, vacíos y sin rumbo es preciso abrir nuestros corazones para recibir a Jesús en nuestras vidas y permitirle que Él nos devuelva a la vida, para que una vez su presencia obre sobre nosotros nuestras vidas sean bendecidas, y para aquellos que en sus corazones ya habita el amor de nuestro Señor tienen la bendición de vivir una vida plena en su gloria.

Jesús las utiliza para hablar del reino de Dios que ha venido a anunciar. Jesús se sirve de unas cuantas parábolas para ponerlo al alcance de sus oyentes. Les quiere hacer ver que se trata de algo muy valioso, que provoca una reacción inmediata en quien lo descubre. Las dos parábolas del evangelio de hoy van en esa dirección. La del tesoro escondido nos habla de que el reino no es algo patente, sino más bien oculto a la simple mirada humana, más allá de las apariencias.

Hoy el Evangelio de San Mateo nos hace una invitación es sentir y ver a Jesús como nuestro amigo. Y así lo vemos en este pasaje de Mateo, sobre la cizaña en el campo.
El Padre ha enviado a su Hijo a sembrar la buena noticia, a enseñar el camino de salvación y justicia, a ofrecer la mano amiga de apoyo y misericordia para rehacer un mundo de amor y de hermandad. Debemos tener presente que cuando sembramos amor en las personas así mismo serán nuestras cosechas, pero cuando sembramos odio y rencor nuestras cosechas serán destruidas o nos destruirán a nosotros mismos, de ahí la importancia de este bello Evangelio, nuestra misión es sembrar con amor la palabra de Dios acorde a las enseñanzas de nuestro Señor Jesús.
 

Seguramente cuando escuchamos decir “el reino de Dios” podemos imaginar un reino inmenso lleno de lujos y grandeza, algo demasiado grande y despampanante, pero cuando Jesús dice «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta para que todo fermenta», podemos quedar algo confundidos e incluso decepcionados de no acertar en lo que estábamos imaginando, el reino de Dios nace desde algo oculto que no es muy perceptible ante cualquier ojo, es simple podemos vivir el reino de Dios en todos los aspectos de nuestra vida, desde las cosas que hacemos día a día, una oración, una hermosa acción, el reino de Dios habita en nuestros corazones y de nosotros depende que permanezca siempre con nosotros.

Hoy el Evangelio nos recuerda que, estar limpios por su Palabra, por haberla escuchado, por habernos adherido a su mensaje, por haber confiado en Él, por haber estado atento cuando nos proclaman la Palabra y a la que respondemos al unísono, como signo de aceptación total: Palabra de Dios.

 

Es por esto que el vino de la Eucaristía, al igual que el pan, transustanciado, transignificado y, por tanto, transfinalizado, en sangre de Jesús, nos hace partícipes de la vida divina

Hoy en el Evangelio de San Juan nos da un mensaje muy hermoso, pues nunca debemos dejar de buscar a Dios en nuestros corazones, sin importar la situación, y aún más cuando nos sintamos perdidos, solos y devastados, no debemos darnos por vencidos, pensado que Dios nos ha abandonado, porque, Él siempre está cuidándonos y protegiéndonos.

Aunque en ocasiones le busquemos y no encontremos respuestas, es bien saber que, Dios siempre está con nosotros, quizá la venda en nuestros ojos no nos deja ver su luz y su amor, hay que alivianar nuestros corazones para poder algún día subir al Padre como lo hizo nuestro Señor Jesucristo.

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