Jesús nos advierte que en nuestras vidas proclamar su nombre puede traernos algunos problemas, porque bien sabemos al mal no le agrada el bien, por eso es precio poner en práctica dos virtudes para saber manejar este tipo de situaciones, la sagacidad y la sencillez, siendo la primera la que nos permite comprender dónde se encuentra el peligro inminente, donde podemos pedir a Dios sabiduría para ver los engaños del mal consejero y ayuda para librarnos de sus redes.
Mientras que, la sencillez es contraria a la ambición dañina que nos lleva a querer más siempre y nunca estar conformes con lo obtenido, mientras que, la sagacidad es aquel sentido que nos advierte cuando algo no está bien o nos conducirá hacia un lugar que no nos traerá nada bien.
Jesús envía a sus apóstoles a predicar el Reino de los cielos, el Reino de Dios, lo mismo que él predicaba. Para reforzar su predicación les da poder de hacer milagros. Jesús está dispuesto a ser nuestro Rey y Señor. Nos pide que aceptemos con gusto su estupenda propuesta y le nombremos el Rey y Señor de nuestra vida. Es preciso permitir que guie cada uno de nuestros pasos.
Al final de las palabras que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, nos puede parecer que son palabras amenazadoras y algo que genere miedo, pero en realidad es una señal que advierte a quienes le rechacen y no permitan que su amor transforme sus vidas.
 
El Santo Evangelio de San Mateo nos narra cuando Jesús eligió a sus 12 apóstoles, esta fue una decisión más que bien pensada, fue realizada en oración, incluso en el momento que eligió a Judas Iscariote, bien pudo elegir otra persona quizá como Matías, pero no, eligió al que para Él era el indicado, y es así como con el paso del tiempo podemos comprender la naturaleza de nuestra Iglesia, somos seres imperfectos buscando purificar y perfeccionar nuestras almas.
Bien pues Jesús de momento les envía a “proclamad que el Reino de los cielos está cerca” a los judíos, no a paganos ni a samaritanos. Al final del evangelio de Mateo, 28,19, Jesús les envía “a todas las gentes”. Los apóstoles han de continuar la misión de Jesús. Esa es la tarea de la Iglesia. No tiene evangelio propio, ni misión propia. Su misión es la de Jesús: predicar el Reino de los cielos, y adelantarlo curando, haciendo el bien.

En el Evangelio de hoy el Señor se presenta como la Buena Noticia del Reino: en Él, en su palabra y sus signos Dios irrumpe en la vida de los hombres: los de entonces y los ahora. El Evangelio, en su segunda parte, se refiere a la compasión del Señor por esas muchedumbres que salían a su encuentro y que notaba abatidas “como ovejas sin pastor”. Luego lo comenta a sus discípulos, implicándolos en la necesaria misión que a todos los cristianos compete.

Quizá todos hemos vivido la pérdida de un ser querido, y el dolor nos ha invadido e incluso hemos sentido que nuestras vidas han terminado con ese ser querido que se ha marchado a la gloria de nuestro santo Padre, en el santo Evangelio logramos ver ¡Con cuanta fe y esperanza se acercaron a Jesús! Ellos, sin esperanza alguna, dieron el paso arriesgado y confiado de la fe.
Todo esto nos permite hacernos una pregunta ¿Cuántas veces nos sentimos indignos de buscar de Dios? ¿Algo nos detiene para buscar a Dios? Algo debemos tener presente siempre y es que, la vida y la muerte es algo con lo que siempre debemos vivir, de manera que, este hermoso texto del Evangelio nos recuerda que siempre tendremos la oportunidad de clamar a Dios su amparo y de partir a su Gloria con la fe de estar en su Santo Reino.

Jesús al llamar a Mateo a su discipulado es consciente de llamar a alguien de mala fama, no querido, despreciado, un vendido a la causa económica de un imperio como el de Roma, pero lo llama por su nombre, aunque bien esto también podría representar el llamado para todos los pecadores; los que tienen necesidad de Dios, de verdad, de amor, y de consuelo; en definitiva, una necesidad de quedar sano de cuanto dolor le ha llevado a vivir perdido y sin rumbo en esta vida. Así es, Jesús siempre está dispuesto a recibir a todo el que le busque, en especial a quienes tienen esa necesidad de liberarse del peso del pecado.

Hoy el evangelio nos dice: “¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Y ante su perdón nuestro corazón se llena de una paz que nada ni nadie nos puede dar. Este es un hermoso mensaje para hoy pues nos recuerda que nuestro Señor nos permite vivir y disfrutar de su maravilloso amor, pero así mismo nosotros como sus hijos debemos actuar acorde a sus dadivas.
No está demás alzar nuestras voces de agradecimiento a Dios por su gran misericordia y amor hacia nosotros, esto no nos tomará mucho tiempo, unos minutos a solas antes y después de dormir.
Este hermoso Evangelio de San Mateo, nos relata las palabras que Jesús dice para lograr comprender o distinguir entre falsos profetas y los verdadero, pues bien es de comprender que se conoce a un real profeta no por sus palabras únicamente, si no por el fruto de sus acciones. El sermón de la montaña y Jesús está explicando a los discípulos y a la gente un atractivo proyecto de vida. Va clarificando aquellos preceptos que limitados a la letra han perdido el espíritu del mandato.
Por eso nosotros por ser bautizados en nuestra Iglesia somos parte de la condición profética de Jesús, pero no todos continúan este camino, como otros simplemente se dedican a profesar su fe. Por esto es más que importante saber que todos podemos profesar el legado de Jesús como Cristianos Católicos, pero debemos observar si los frutos de nuestra fe son los ideales para compartir, porque si no son positivos podemos dar una mirada a nuestro interior y observar aquello que debemos cambiar para poder dar lo mejor de nosotros mismo en pro de nuestro Dios Padre.

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