Hoy el Evangelio de San Marcos nos habla sobre el nacimiento de la Iglesia, la institución de San Pedro como primer Papa. Cristo solo con los Doce, en la intimidad que da la amistad y la convivencia, con sencillez: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Un pobre pescador, un hombre humilde, pero con determinación.
Jesús también nos dice que el poder del infierno no podrá con su Iglesia. Muchas veces creemos que el mal puede llegar a vencernos, pensemos en estas palabras, confiemos en Cristo y, como San Pedro, aceptemos aquello que Dios nos depare.
Un escriba se dirige a Jesús y le expresa su deseo de seguirle; y parece que lo hace con entusiasmo, decisión y entrega. “Maestro, te seguiré vayas a donde vayas.”, quizá las palabras de Jesús pueden sonar algo fuertes, pues se puede interpretar como ¿Sabes los que estás diciendo?, mientras que un discípulo le dice “Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre”; a simple vista parece una petición coherente, pero Jesús vuelve a responder de una manera muy única, “Tú sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos.”
Pero lo que realmente Jesús nos invita comprender en este texto es a colocar tanto la familia como la propia casa en un espacio vital mayor en cuyo centro se halla la experiencia filial de confianza en el Padre. Él es nuestro verdadero hogar y en torno a Él, hermanados en Cristo, vamos construyendo una nueva familia abierta a cualquier persona, más allá de lazos de sangre, pueblo o nación. ¿Somos conscientes de eso que nos falta para vivir plenamente nuestra vocación a Dios?
Cuando a Jesús se le acerca el leproso y sin exigencias, pero si con suplica honesta le dice a Jesús que por favor le limpie Él sin pensar en el qué dirán lo hace con amor y voluntad, pero eso sí, dejó en claro una condición, “No vayas pregonándolo, no se lo digas a nadie. Vete al templo y haz lo que está prescrito por la ley”, no le pidió nada material a cambio, ni que le adoraran como un Dios, solo que fuese hermético y orara en silencio a nuestro Padre Dios.
Si bien nosotros viviésemos una situación similar y tuviésemos la virtud de sanar a un leproso o enfermo cuya enfermedad pudiese contagiar, entonces ¿Le ayudaríamos sin importar el qué dirán? O si nos encontráramos en la posición del leproso y fuésemos ayudados a sanar con una condición de no pregonar y endiosar a quien nos ayudó ¿Lo pregonaríamos?
Desde hace mucho tiempo ha enviado al mundo personas llenas de su sabiduría y amor, pues antes de Jesús, decidió enviar a un precursor, Juan Bautista, y lo hizo de una manera hermosa y llena de Él, Nace de unos padres, Zacarías e Isabel, ya de avanzada edad y siendo Isabel estéril hasta entonces. La misión de San Juan es presentar a Jesús como el Mesías, quien llegará al mundo a ser nuestra luz en momentos de obscuridad y guía en cada paso que demos, nos enseñará el amor y el perdón.

 

Entonces así lo hace Juan el Bautista, con amor y humildad siempre deja en claro que él no es el mecías, y cuando llega la hora de bautizar a Jesús, lo presenta a todos diciendo “Seguid a Jesús que es el Hijo de Dios, el verdadero salvador de los hombres y no a mí”. ¿Cómo cristianos católicos seguimos a Jesús de corazón? ¿Lo hacemos por herencia? ¿Por convicción? ¿Por amor

Hoy el Santo Evangelio de San Mateo nos narra como Jesús alerta de esa pura apariencia y llama la atención sobre lo que hace veraces a los verdaderos profetas: son conocidos por sus frutos. Estamos dentro del sermón de la montaña y Jesús está explicando a los discípulos y a la gente un atractivo proyecto de vida. Va clarificando aquellos preceptos que limitados a la letra han perdido el espíritu del mandato.

Este es un Evangelio muy bellos, pues nos recuerda el mandato que Dios nos entregó por medio de su Hijo, y que pocas veces cumplimos, pues solemos hablar de los demás sin saber mucho de la situación y de la persona, es ahí cuando los dejamos de ver como hermanos para confundirlos con cerdos o perros, porque empezamos a considerar nuestra verdad como la única.
No obstante, es bueno recordar las veces que más sea posible que como juzguemos seremos juzgados, debemos medir la forma en como hablamos de nuestro hermano el prójimo. Cuando San Mateo narra las palabras de Jesús “Entrad por la puerta estrecha” nos deja un mensaje que para muchas personas no es muy claro, a veces cuando queremos ir por el camino que nos lleva a Dios, este se torna algo complejo y al llegar a su puerta esta se ve estrecha, no es más que mirar si nuestras acciones, pensamientos y sentimientos son tan livianos como para que nos permitan entrar en dicha puerta.
Hoy el Evangelio de San Mateo nos deja una hermosa enseñanza y nos dice “no juzguéis y no seréis juzgados” Pero aparecen varias acepciones, significados, relativos a la palabra que nos presenta el texto.
Nos referimos ahora a la de juzgar, emitir juicio para dictaminar si un hecho está bien o mal. Parece que Jesús lo utiliza en este sentido, juzgar, emitir un juicio de valor.” El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7). El mensaje que nos queda hoy con este bello Evangelio es ¿Qué ganamos con juzgar? ¿Cómo nos sentimos cuando somos juzgados? ¿Cuántas veces pensamos antes de juzgar?
San Mateo en su Evangelio nos transmite el mensaje que Jesús da de manera insistente, el cual habla sobre como corazón el debe acumular la riqueza interior. Los demás lugares están llenos de polilla que corroe, donde todo se echa a perder o los ladrones acuden porque saben que allí hay acumulado. ¡Ah el “acumulado” de las cuentas personales, comunitarias o empresariales!
Donde está la riqueza dice que está el corazón, no dice está tu perdición; pero sabe que es así. Hoy queremos dejar una pregunta la cual nos servirá para evaluar ¿En estos momentos de nuestras vidas que atesoramos en nuestros corazones?

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