El santo Evangelio de hoy nos enseña la forma más idónea de orar a Dios, y es que, cualquier forma que se emplee para orar es válida siempre y cuando nazca del corazón, también nos muestra la primera recomendación de Jesús a sus discípulos a la hora de rezar es que no empleen muchas palabras al dirigirse a Dios, porque Dios antes de que digamos una palabra sabe lo que nos hace falta.
El punto de partida y que matiza todo lo demás es que tenemos que empezar llamándole Padre, porque en realidad lo es, ya que “a cuantos le recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios”.

Hoy San Mateo en su Evangelio nos habla sobre esa línea profética con la que conecta Jesús y donde se destaca la interioridad, el corazón, frente a las apariencias y el postureo. En lo bueno y en lo malo Dios ve nuestro interior, las razones que nos mueven a obrar.
El dar limosna es una forma de participar en la creación de un mundo más justo, donde nadie es extraño. Es vivir sintiéndonos formando parte de la gran familia de los hijos de Dios.

El Evangelio de hoy nos deja un hermoso mensaje el de amar y perdonar a través de la oración, si bien, para algunas personas es más fácil amar, como para otras es más fácil odiar. Cada corazón humano procede diferente, sin embargo, San Mateo en el Evangelio de hoy nos da una luz guía sobre cómo debemos actuar ante estos dos sentimientos, amad a nuestros enemigos, podría interpretar como perdonarlos y mirarlos como Jesús el Cristo veía a todos sin importar quienes fuesen o que hiciesen, y también orar por ellos, orar a Dios por sus almas para que sean iluminadas y llenas del amor de Dios.

En el léxico popular de estos últimos años se escucha una frase muy hermosa, y la invitación es para que flexionemos en ella, “La fuerza más grande del mundo no es la de la gravedad, es la fuerza del amor”, tiene algo de lógica porque amar al prójimo no es precisamente verle con ojos de amor de pareja, es verle con amor de hermandad.

Las lecturas de la liturgia de hoy nos desafían a revisar nuestra vida de fe y las actitudes cotidianas que conforman nuestra identidad. Venciendo la autorreferencialidad, de la cual nos alerta el Papa Francisco, se trata de mantener viva nuestra verdadera referencia: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

La muerte en la cruz es el momento culminante de ese amor que Jesús había mostrado durante su vida, como reflejo del amor de Dios, y que se había manifestado, sobre todo, para con los pobres y los que sufren. Ahora es él quien entrega su propia vida, en sacrificio perfecto.
Nosotros, después del acontecimiento de Cristo, tenemos muchos más motivos para creer en ese amor y dejarnos envolver por él.

Hoy el Santo Evangelio de San Mateo nos trae una bella reflexión que de entrada sería bueno pensar un poco en la forma en como nosotros nos presentamos a nuestro Padre cuando oramos, cuando entablamos esa conversación íntima con Él. Es preciso revisar cuanto amor y cuanto odio llevamos en nuestros corazones hacia nuestros hermanos, porque no será lo mismo orar cuando tenemos algún resentimiento hacia alguien que orar cuando hemos trabajado el perdón.

¿Qué clase de cristianos seríamos al orar a Dios implorando por nosotros? Y luego continuar llenando de odio y rencor nuestros corazones, o peor aún, ¿Qué clase de ofrendas estaríamos haciendo a Dios si guardamos rencor? Sería como ofrecer un regalo lleno de veneno, es necesario limpiar nuestros corazones de malos sentimientos, a alivianarnos un poco.

Jesús en el texto evangélico exige que se cumpla hasta la última tilde la ley mosaica. Jesús dará plenitud a esa ley. Lo que Jesús hace es precisar quién es ese Dios y ese prójimo a los hay que amar. Las parábolas del Hijo pródigo y del Buen samaritano lo precisan. Ahí está la originalidad del mensaje de Jesús.

Hoy San Juan nos trae un precioso pasaje del Evangelio, en donde se resume el paso y la obra de Jesús en la tierra, podemos encontrar como Jesús en medio de una bella oración elevada al Padre, en la que le rinde cuentas a Dios sobre su proceder en la misión que le fue encomendada, porque Él vino a predicar el Reino de Dios y a enseñar que el Padre cumple su promesa a quienes le buscan, también, en su oración aparte de rendir cuentas, ora por nosotros con amor y devoción, le ruega a Dios por Él también.
Con esto nos queda un mensaje muy bello y es que, nosotros como hijos de Dios y seguidores de la palabra de Jesús el Cristo, debemos hacer lo mismo, orar al Padre y rendir cuentas sobre todo cuanto hemos hecho en este trayecto que llevamos por la tierra. Orar y hablar con nuestro creador es una hermosa tradición la cual nos libera y nos permite caer en cuenta del estado de nuestro camino para cumplir la misión que como a Jesús, también se nos encomendó al llegar al mundo. Finalmente, hoy queremos dejar una pregunta para reflexionar. ¿Oras a tu Padre con amor y devoción con frecuencia? ¿Tienes presente que Dios nunca se aleja de nosotros? ¿Somos nosotros quienes nos alejamos de Dios?

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