Su existencia bajo el nombre de “Residencia Stella Maris, data de 1970, fundada por las Hermanas Dominicas del Rosario, quienes dejaron esta Obra en 1983 debido a una reestructuración de su misión en Latinoamérica, ya que era su única casa en Colombia.

Monseñor Darío Molina, Vicario de Religiosas en la Arquidiócesis de Bogotá, solicitó a nuestra Provincia recientemente erigida, encargarse de esa Obra y la Provincia de Santa Fe respondió con optimismo y esperanza por tratarse de una modalidad nueva para nosotras en la misión con la juventud.

Hermana Inés Mercedes Mejía Toro, Superiora General, aprobó la petición hecha por Hna. Mary Plata Cordero, Superiora Provincial, y se hizo efectiva la propuesta mediante la compra del inmueble a puerta cerrada, es decir tal como las hermanas Dominicas del Rosario tenían organizada y amoblada la planta física.

El 13 de enero de 1983 llegan las primeras Hermanas: Hna. Carmen Alicia Medina, superiora, Hna. Sofía Emilia, Hna. Ana Portilla, Hna. Josefina Díaz (estudiante) y Hna. Luisa García (estudiante de la provincia de Bucaramanga).

Durante dos meses la comunidad comparte la misión y la vida comunitaria con las Hermanas María Asunción Álvarez y Felisa Ardanaz, españolas, dominicas misioneras del Rosario, dueñas anteriores de esta Obra. El empalme se dio durante varias semanas hasta que el 12 de marzo vino la Superiora provincial de esa Congregación, Madre Carmen Redondo, para hacer la entrega oficial a la Presentación. El 19 del mimo mes fue la despedida fraternal y sentida a las religiosas que ponían en nosotras su confianza para entregarnos esta Obra. La casa se compró a un precio muy moderado. Las instalaciones se fueron mejorando cada año para ofrecer mejores servicios y adaptarlos a nuevas exigencias. Pero la parte física, aunque importante, no es lo fundamental, con frecuencia reflexionamos sobre cómo responder, dentro de nuestro carisma, a las necesidades de hoy.

La casa puede albergar 30 universitarias, cuyas familias residen fuera de Bogotá, provenientes de distintas regiones del país y de diversas universidades; varias de ellas, exalumnas de la Presentación. Estas niñas encuentran aquí un ambiente de estudio, de respeto a la individualidad de cada una, de paz y armonía en las relaciones y de manera especial, la vivencia de valores espirituales que asegura la continuidad dela formación cristiana de los hogares y del Colegio. Encuentran el espacio para facilitar el paso de las regiones al centro del país, a su capital; del hogar paterno y el colegio al medio universitario, que en cierta forma masifica, estresa, influye e impone criterios muy diversos, aunque es indispensable para que la joven se abra a muchas realidades intelectuales y sociales antes desconocidas para ellas.

La puerta se abre también a las familias de estas jóvenes, que se van muy tranquilas al dejar a sus hijas en un lugar que les brinda seguridad y cariño, y para ellos también hay escucha, comprensión y a veces hasta hospedaje pasajero.

 

¿Cómo evangelizamos?

 

Lo dicho anteriormente muestra que nuestra labor es discreta, personalizada, modesta, sin el brillo de actividades ostensibles. Es una presencia en medio de la juventud, un apoyo a las familias, es poner en relieve el valor del testimonio frente a un mundo que reclama autenticidad y no palabras. No podemos caer en la tentación de valorar la misión por la acción, a eso se le llama “activismo”. Detrás de cosas muy sencillas puede haber una actitud llena de sentido: atender la portería acogiendo a la joven cuando entra o va a la universidad cargada de preocupaciones, o en los ratos libres, cuando sale repetidas veces como buscando en la calle nuevas sensaciones. La escucha, el 2 servicio, la paciencia para aceptar a la joven con las excentricidades propias de las nuevas generaciones, pues así nos parecen cuando las miramos desde nuestra orilla.

No es fácil aceptar la observancia de un mínimo de normas, no impuestas como disciplina sino como convicciones y compromiso con un “Manual de convivencia” que garantiza el bienestar del grupo. Es un trabajo, a veces ingrato, pero siempre estimulante, porque el contacto con la juventud nos cuestiona, nos interpela y nos mueve a estar presentes con lo mejor de nosotras mismas para ofrecer el servicio oportuno. Queremos brindarles un hogar donde encuentren la oportunidad de orar, de estar atentas a la celebración de los principales acontecimientos litúrgicos que nuestra Fe nos proporciona, de encuentros de reflexión y amistad que semestralmente se organizan y de un aprender a convivir en el respeto mutuo y con los valores que la vida cristiana nos exige.

Agradecemos a Dios el habernos confiado esta parte de su heredad, el bien que la Congregación ha hecho a través delas Hermanas que han colaborado en esta siembra y nos preguntamos algo que puede ser valedero para todas nuestras Obras:

¿Qué haría Marie Poussepin hoy en una Obra como ésta? ¿Cómo acogería ella en esta casa a estas jóvenes, a sus familias, a toda persona que se nos acerca?

Hna. Mary Plata Cordero

 

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